Semana Santa también es GAGÁ. GAGÁ es cultura. Y es parte de la marca país.
Columna de Opinión por Anny Jaquez Reyes publicada originalmente en el Periódico Acento de República Dominicana I
Escribo como palmaritera, criada escuchando y bailando al ritmo de los Culoechivo o rompe cuero de Palmarito, esos descendientes de Polo y Cabral pero que previo a eso fueron “ligados” entre haitianos, dominicanos y mucho amor en las siembras de café más allá de la aprobación de las memorias históricas.

Fotos por Guillermo Casado
Vivir los palos o atabales es una cosa indescriptible que me sirvió de base para llegar al Gagá. Recuerdo que las de las periferias bajábamos a perseguir a pie, en motores y pasolas, el gagá que salía desde el batey Central. Ya en la adultez conocí los que salen desde batey 2, el 5 y el 6; sin duda, una súper ceremonia cultural que trasciende la institucionalidad y la aprobación estatal. Hoy, en pleno 2026, cuando hemos perdido tanto y hacemos crítica de las redes sociales, se afirma que la gente no aprecia ni valora lo auténtico, lo local. La cultura pareciera que solo aplica a según quién… porque ahí van con su persecución con saña de lo que no es de su agrado, disfrazándolo de “orden público”, cuando aquí todos y todas sabemos que es racismo. Es negacionismo. Es fascismo estatal.
GAGÁ es cultura. Y es parte de la marca país.
¡El Gagá es otra cosa! Mezcla trompetas, fututos, tambores y distintos instrumentos de madera y viento. Un desfile que no se queda quieto con sus pasos al ritmo de los instrumentos, ese roce, ese calor, esa agitación, y se combina con una época sagrada: Semana Santa.
El Gagá llegó, se sembró, y en los bateyes y barrios lo hemos cultivado como siembra de caña, porque nada nace solo, porque también hay que regar, acompañar y luego se corta… El gagá habita más allá porque la gente no se quedó solo en el batey, se movió por los ingenios donde pasaron los abuelos y abuelas míos, tuyos, entremezclados se partieron la espalda para que este pais se sostuviera con la producción de azúcar.
Eso no es "contaminación sónica". Eso es cultura viva. Eso es memoria que se mueve. Y eso es parte de lo que somos como país, aunque la publicidad turística prefiera mostrarnos solo playas y resorts de lujo.
La misma represión, siempre en Semana Santa
Cuando una ve acciones como el caso de Villa hermosa, la Policía Nacional detuvo a cinco personas por hacer un Gagá en la madrugada. Les quitaron las trompetas y los tambores. "Horarios establecidos", dijeron. "Contaminación sónica", dijeron.
Esto no es nuevo. Ya pasó en San Pedro de Macorís, en Cabral, en San Luis, en Villa Mella: han intentado confinar el Gagá a los bateyes como si fuera un virus que hay que aislar. En años anteriores, en Haina y en La Romana, lo mismo. Cada Semana Santa, el mismo cuento. El Estado fascista —porque hay que llamarlo por su nombre, aunque se enojan y justifiquen— aprovecha la "Semana Santa" para criminalizar lo africano que llevamos dentro. COLONIALISMO PURO.
Y lo peor: la gente se lo cree. El dominicano promedio asocia el Gagá con "vudú", con "cosas de haitianos". Ignorancia. Racismo puro. Porque el Gagá que yo veo en el batey y en las comunidades que siguen la práctica es sincretismo: la cruz y el tambor, la vela y el palo, la virgen y el espíritu del cañaveral, lo ancestral. Eso no es Haití. Eso es la isla. Eso somos nosotros todos.

Fotos por Guillermo Casado
Y ya que hablamos de Haití, déjenme decir algo que parece se olvida producto del odio infundado! Haití es nuestro país vecino, nuestro país hermano. Compartimos esta isla. Compartimos el dolor de los dictadores, los huracanes, los engaños del imperio, son nuestro socio comercial, pero además, compartimos los tambores. Usar a Haití como excusa para prohibir el Gagá es un acto de negacionismo histórico y de cobardía política.
El Gagá dominicano no es "haitiano". Es dominicano-haitiano. Es la mezcla que da vergüenza a los que quieren una dominicanidad de catálogo europeo, blanca y privilegiada. Pero esa mezcla es nuestra verdad. Y la verdad, por más que la escondan con operativos policiales y comunicados de prensa, termina bailando en la calle.
Descolonizar es cuestionar, romper el cerco, hablar de como se nos confina en un apartheid moderno, es tener que ir contra corriente y entender y hacer entender que el compromiso es con los ancestros/as y con las generaciones que vienen. Esto no es solo un reclamo. Es un compromiso de todas y todos.
Salir del negacionismo duele. Duele porque implica reconocer que durante años nos dieron vergüenza los tambores. Duele porque implica decir: "Sí, lo negro es mío, y no me da pena". Pero es el único camino. Reivindicar el Gagá como cultura —no como "folklore", no como "ruido", no como "cosa de pobres"— es un acto de justicia histórica.
Y tenemos una deuda.
Una deuda enorme con quienes ancestralmente sostuvieron esta tradición.
Con esos abuelos y abuelas que, en medio del hambre, el ingenio, el pico y la pala, no soltaron los tambores. Con esos rompe cuero que tocan sin importar cuánta gente los ve; en su sentir y corazón saben que atraerán gente con su ritmo, con su calor, y aquí no son válidos los colores de piel, solo se perciben los colores de promesa: morado, verde, amarillo, rojo, negro, morado.
Si hoy conocemos el Gagá, es por lxs que estuvieron antes. No por el Ministerio de Cultura. No por los académicos. Por ellos. Por esos cuerpos negros que se negaron a olvidar.

Fotos por Guillermo Casado